Los ciudadanos alemanes se cuestionan si trabajar vale la pena.

A las nueve de una fría mañana de diciembre, Kerstin Boughalem, de 50 años, está ya en su puesto a las puertas de la parroquia evangélica de Rixdorf, en el multicultural barrio de Neukölln en Berlín. Su responsabilidad consiste en supervisar el acceso a las instalaciones cedidas por la parroquia a Tafel, el banco de alimentos para personas necesitadas que ha estado funcionando durante 30 años gracias a las donaciones de supermercados y a su ejército de voluntarios. Cuando llegue el camión con la comida, permitirá pasar en grupos de 10 a los usuarios que se encuentran en la acera con sus carritos, aún cubierta de parches de nieve. La mayoría de ellos son clientes habituales y conocen el procedimiento; charlan animadamente mientras esperan…

Es corresponsal de EL PAÍS en Alemania. Antes de eso, se dedicó a la información judicial y económica y formó parte del equipo de Investigación. Como especialista en temas de salud, ha estado siguiendo la crisis del coronavirus y coescribió el libro “Estado de Alarma” (Península, 2020). Es licenciada en Traducción y en Periodismo por la UPF y tiene un máster en Periodismo de la UAM/El País.

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